martes, 1 de septiembre de 2009

Pensamientos ante un atardecer en el mar
















El mar, ese inhóspito amigo que nos ha acompañado desde los más remotos inicios de ese planeta.

Desde encima de un acantilado lo observo y me doy cuenta de que realmente, ¡Está vivo! Y no me refiero al echo de que contenga seres vivos en sus entrañas, sino al echo de que actúa como nuestro amigo.
Y es que en sus aguas todos hemos disfrutado de maravillosas experiencias. Habrá quien recordará aprender a nadar en él, quien recordará un primer beso, una primera excursión en barco o quizá el pez más grande que pescó jamás. Y es que, sin duda, todos tenemos motivos para amarlo.
Sin embargo, en numerables ocasiones nos ha mostrado su lado más oscuro, llevándose consigo innumerables víctimas y dejando en tierra recuerdos de horror. Y es que como suele ocurrir, a veces, pagan las consecuencias de un “enfado” quien no lo ha causado.
Sentada en ese acantilado tengo la prueba más evidente de su fuerte temperamento, ya que el carácter abrupto de esa enorme pared refleja cada una de las cicatrices que le ha ocasionado la violencia del mar.

Ahora, contemplándolo en ese magnífico atardecer escuchando las suaves caricias de las olas contra las primeras rocas que se atreven a salir a la superficie, no puedo hacer más que seguir contemplándolo maravillada, dejándome seducir por esa magia. Y es que al cerrar los ojos y respirar profundamente, puedo sentirlo dentro de mi, será el olor, será la luz, será el ruido o quizá simplemente sea la magia del mar.
Si bien es cierto que en momentos como ese es cuando te sientes alejada del mundo y crees que cualquier cosa es posible y a la vez consigue que te sientas más cerca de las personas queridas de las que, a la vez, el mismo mar te separa, pensando que tan sólo ese inmenso charco es lo que os distancia.
Y es que es evidente lo misterioso que es el mar. Si bien puede decirse que la mayoría de cosas de este planeta que le quedan por descubrir al ser humano se encuentran en las profundidades de nuestro amigo. Además, lo ha visto todo. Si pudiera hablarnos, sería capaz de contarnos cómo vivían los hombres hace millones de años, incluso podría hablarnos de aquellos tiempos en los que aún, ni por asomo, había vida en ese planeta. Quizá sí nos lo esté contando, quizá sea esa la razón por la que fácilmente nos quedamos boquiabiertos ante tal inmensidad, pero también, y sólo quizá, esa capacidad de albergar tales misterios es precisamente el mayor misterio y puede que eso deba continuar así porque sólo tal magia es capaz de proporcionarnos tal asombro.

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